María de los Ángeles Moreno
Coordinadora General Programa RedBíos UDD
Cuando pensamos en el concepto de “patrimonio”, probablemente lo asociamos a un área de conocimiento cercana a la historia, vinculada a nuestro pasado. Por otro lado, el concepto de “sostenibilidad” lo asociamos al área científica, relacionada a un imaginario futuro. No son muchas las ocasiones en que vemos a estas dos palabras en una misma oración, pero basta con reflexionar sobre el territorio que nos rodea para darnos cuenta que ambos conceptos están absolutamente involucrados en el tiempo presente.
Hemos aprendido mucho de lo que sabemos de sostenibilidad revisitando prácticas milenarias gracias a los saberes de nuestra gastronomía, artesanía, y en general, de un estilo de vida que dejamos atrás. Acciones como la extracción consciente de materiales, el consumo de recursos de estación y la búsqueda de proveedores locales, son prácticas que hoy se intentan rescatar del olvido. Ya es hora de que la sostenibilidad le retribuya al patrimonio a través de su salvaguardia.
Hace casi tres décadas, y con el objetivo de integrar las clásicas y disociadas nociones de patrimonio cultural y patrimonio natural, la Unesco incorporó el concepto de ‘paisaje cultural’ para establecer la relación de estos aspectos como dimensiones indivisibles para la valorización de una misma unidad, ya que los recursos naturales y culturales de un territorio se articulan de manera simbiótica y se nutren mutuamente de significado. Pero, en la práctica, urge la necesidad de aplicar una visión integral en la gestión patrimonial local.
El patrimonio, en sus variadas formas, puede impactar positivamente en la economía a través del desarrollo y diversificación de la industria creativa, la generación de turismo y el incentivo al consumo local, pero antes de cualquier intento de potenciarlo es indispensable la planificación de estrategias que integren a las comunidades y analicen los recursos disponibles, para evitar el abuso, el deterioro y la descontextualización de la actividad o bien cultural.
En particular, la región del Biobío cuenta con un patrimonio cultural protagónico y diverso, pero este no puede ser visto como un activo sin primero garantizar su protección. He allí la diferencia fundamental entre la explotación económica y el desarrollo sostenible: este último se logra con el impacto positivo y equilibrado en la dimensión medioambiental, social y económica, a través de iniciativas viables, equitativas y vivibles. Una gestión sostenible de los paisajes culturales tiene efectos favorables en el fortalecimiento de la identidad y en el bienestar de los habitantes que la sostienen, a través de la mejora de condiciones laborales, conectividad, infraestructura, entre otros.
Con esta convicción, desde la Facultad de Diseño de la Universidad del Desarrollo proponemos romper con el paradigma de catalogar a la sostenibilidad como un conocimiento de nicho y redefinirlo como un objetivo que se logra de manera colectiva y multidisciplinaria. Es por esto que a través del Programa RedBíos UDD, financiado por el Fondo de Innovación para la Competitividad del Gobierno Regional del Biobío, estamos formando agentes de cambio de diversas áreas de conocimiento, con la certeza de que pronto impactarán sus territorios utilizando herramientas de innovación sostenible para resolver desafíos globales con pertinencia local. Y a la vez, trabajamos para generar conocimiento sobre el aporte de la disciplina del diseño a los diferentes desafíos que enfrenta el Biobío, dentro de los cuales, el objetivo de habitar ciudades y comunidades sostenibles ocupa un lugar fundamental.